jueves, 21 de febrero de 2013

Fritz Christen El Soldado Alemán Que Venció a 100 Soviéticos



Fritz Christen, un soldado alemán, sobrevivió tres días en el campo de batalla matando a 100 soldados enemigos y acabando con 13 tanques soviéticos sin ayuda de nadie.



El 22 de junio de 1941 Alemania lanzo la operación "Barbarroja", la tan esperada invasión a la Unión Soviética. En las primeras semanas de la ofensiva los triunfos alemanes fueron absolutos y aplastantes, consiguiendo grandes conquistas de territorio en tiempo record. Sin embargo, a medida que los grupos de ejercito germanos se acercaban a sus objetivos, en Leningrado, Moscú y el rio Volga, la resistencia rusa fue haciéndose cada vez mas tenaz y feroz.

La 3ra División Panzer de las Waffen-SS, la TotenKopf, al mando del SS-Obergruppenfuhrer Theodor Eicke, formaba parte del grupo de ejércitos Norte. La división había avanzado problemáticamente durante semanas, encontrando a un enemigo cada vez mas decidido a detenerle. Finalmente, a mediados de septiembre, la unidad se encontraba a las puertas del pueblo de Demiansk.


Hacia el 21 de septiembre la inteligencia alemana comenzó a predecir un ataque soviético de importante escala en el sector: estaban llegando grandes cantidades de nuevas unidades soviéticas de refresco; los rusos empezaron a lanzar ataques de tanteo sobre las líneas alemanas, tratando de determinar los puntos débiles de la Totenkopf.

En efecto, la ofensiva comenzó el 24 de septiembre; la infantería soviética, con apoyo acorazado, empezó a forzar la línea germana. La artillería de la división Totenkopf hacia salva tras salva con alza cero...

El SS-Sturmann (Cabo) Fritz Christen era apuntador de un pieza antitanque de 50 mm. de la 2. Compañía del regimiento antitanque de la división (3.SS [Panzer-] Artillerie Regiment). Su bateria estaba en posicion en los bosques justo al norte de Lushno, un pueblo cercano a Demiansk. Su unidad tuvo que soportar el peso del primer ataque blindado soviético en la mañana del día 24.

"Aquella mañana nuestra batería estaba desplegada en el borde de un pequeño bosque al norte de Lushno, cubriendo un gran claro hacia el este. El frio y la quietud eran, ya para septiembre, espantosos. Sin embargo, estábamos bien equipados: los mandos logísticos de las SS eran independientes, por lo que nunca nos falto el abrigo, o los víveres necesarios, problemas que luego tendrían que padecer las unidades regulares de la Wehrmacht.



Esperábamos, si, un ataque ruso inminente, pero nunca a esa escala: de pronto, al romper el amanecer, comenzó a llovernos fuego de artillería. Momentos después, los tanques soviéticos, apoyados por infantería en gran cantidad, aparecieron frente a nuestra posición, atacando a la carga. La orden no se hizo esperar, y comenzamos a intentar repelerlos, disparando frenéticamente a cuanto se moviera, en medio de un fuego de todo calibre que parecía llegar a nosotros desde todas partes. Mis camaradas comenzaron a caer a mi alrededor, presas del fuego masivo de infantería, o a volar por los aires despedazados por la artillería enemiga. Muchas piezas contiguas a la nuestra desaparecieron, con su dotación de hombres entera, en cuestión de instantes.

Mi sargento y camaradas en la dotación de mi cañón no tardaron, tampoco, en caer. Sin pensarlo, tome el mando y continúe cargando y disparando, mientras gritaba pidiendo apoyo de algún camarada u oficial cercano. Logre hacer impacto sobre algunos tanques, cinco o seis, así como sobre varios grupos de infantería, a medida que se aproximaban. Estimo que transcurrieron un par de horas hasta que, por fin, el ataque ruso ceso. Fue entonces cuando descubrí por que nadie había respondido a mis pedidos de apoyo: toda mi unidad había sido aniquilada; me encontraba aterradoramente solo en mi posición. Aun así, nunca pensé en retroceder: las SS no retrocedían, era tan sencillo como eso. Ni siquiera pensé en que debía mantener mi puesto, o en que era mi obligación hacerlo. Solo me mantuve allí, es todo.

Apresuradamente empecé a tratar de cavar una trinchera alrededor de mi pieza antitanque. Y por fortuna, pues al atardecer los soviéticos reanudaron el fuego de morteros sobre ese sector. Me aferre al suelo de mi trinchera, mientras los arboles circundantes eran destrozados una vez más, haciendo lo único que podía hacer: esperar que la próxima salva no cayera sobre mí. Minutos después, el fuego ceso y algunos grupos de infantería soviética comenzaron a avanzar sobre mi puesto. Volví a cargar el cañón y abrí fuego sobre ellos, quienes inmediatamente me contestaron con fusiles y ametralladoras. Continué disparando varias salvas hasta que retrocedieron.

Al caer de la noche, rescate algunos proyectiles de las piezas abandonadas más cercanas. Intente dormir, ya que no habían sobrevivido raciones de comida, pero las patrullas rusas no me lo permitían: debía disparar esporádicamente, aquí y allá, para mantenerles a raya.

Amaneció el segundo día, y con el otra vez el continuo fuego de ametralladoras y morteros rusos desde el otro lado del claro. A media tarde, se decidieron a otro asalto blindado sobre mi posición: al menos dos pelotones de tanques cargaron a toda velocidad sobre mi. Volví a cargar, apuntar y disparar, desesperadamente. Conseguí impactos directos sobre siete de sus tanques, inutilizándolos o destruyéndolos. El resto retrocedió hasta sus posiciones, dejándome otra vez en paz. El fuego de ametralladoras continúo sobre mí hasta la noche e, incluso, esporádicamente volvían a disparar durante la noche.

En las horas de oscuridad debí arrastrarme varios metros hasta las piezas abandonadas mas alejadas, para volver a reunir proyectiles nuevos, pues había utilizado toda mi munición restante durante el ataque de aquella tarde. También logre desmontar mi cañón y, con la ayuda de algunos troncos despedazados, volver a colocarlo en posición de fuego unos metros mas al norte; considere que era lo mejor, pues mi posición anterior se había vuelto ya demasiado obvia. 

Al amanecer del tercer día, la historia volvió a ser la misma: fuego de morteros y ametralladoras. Quizá  también  fuego de artillería más pesada. Durante todo el día los rusos intentaron asaltos de infantería y, de nuevo, volví a disparar una y otra vez hasta que retrocedieron. Por la noche volví a arrastrarme en busca de munición para tratar de continuar vivo un día mas, resistiendo el frio, el hambre y el sueño.

Sin embargo, al siguiente día los ataques finalmente cesaron por completo en mi sector. Después del mediodía escuche que se gritaban ordenes: había tropas moviéndose por mis flancos, dentro de lo que quedaba del bosque que yo ocupaba. Tome una pistola del cadáver cercano de un oficial y me prepare para mi ultima defensa, imaginando que aquello era el fin...

Pero, a medida que se acercaban, pude escuchar más claramente las voces que gritaban órdenes: eran alemanes. Estaba salvado. No tengo mucho mas que contar..."

Cuando por fin los rusos fueron desalojados de Lushno el 27 de septiembre, las tropas de la Totenkopf que avanzaban para reocupar el bosque encontraron al Sturmann Christen, en muy malas condiciones pero vivo, todavía agachado detrás de su cañón antitanque. En tres días de combates, solo y totalmente aislado del resto de la división, había matado a mas de 100 soldados enemigos e inutilizado a 13 tanques.

Por esta increíble proeza le fue concedida a Christen la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro; fue el primero y el más joven de los reclutas de las Waffen-SS en recibir este honor. Le enviaron en avión al cuartel general de Hitler en Rastenburg para que el Fuhrer en persona le impusiera la condecoración.