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viernes, 21 de febrero de 2020

Heinz Thorvald - Erwin König

Heinz Thorvald - Erwin König

Heinz Thorvald - Erwin König es el nombre de un supuesto oficial alemán con graduación de mayor y director de la escuela de francotiradores de las SS en Zossen. 



El SS-Standarteführer Heinz Thorvald se dice que fue asignado por el propio SS-Reichsführer Heinrich Himmler para matar al francotirador soviético Vasili Záitsev que había causado más de ciento cincuenta bajas entre las filas alemanas, parte de ellas de oficiales de alto rango. Se dice que el comandante Thorvald adoptó el seudónimo de Erwin König con objeto de evitar ser utilizado por la propaganda soviética si caía en combate. Según la propaganda soviética el supuesto «mayor König» cayó en acto de combate contra Zaitsev en Stalingrado en el año 1942.

Se dice que Heinz Thorvald fue uno de los mejores francotiradores de la Segunda Guerra Mundial, con 456 bajas confirmadas. Otro de los conocidos es el también alemán Matthäus Hetzenauer, con 375 bajas confirmadas.

Mito o realidad



Zaitsev sostuvo que el duelo tuvo lugar durante un período de tres días en las ruinas de Stalingrado.​ Lo cierto es que la existencia de Heinz Thorvald jamás ha sido probada. Otros francotiradores soviéticos con más del doble de bajas confirmadas como Iván Sidorenko o Fiódor Ojlópkov no corrieron la misma suerte, en el caso de Sidorenko por haber nacido en una familia burguesa y en el de Ojlópkov por tener orígenes yakutos, una etnia minoritaria de la Unión Soviética.

Cultura actual



La historia de Heinz Thorvald se puede ver reflejada en la película Enemy at the Gates, cuyo personaje es protagonizado por Ed Harris.

martes, 24 de diciembre de 2019

Kurt Reuber y La Madonna de Stalingrado



Kurt Reuber (26 de mayo de 1906 - 20 de enero de 1944) fue un médico alemán, clérigo luterano y artista, famoso por su obra "La Madonna de Stalingrado"



La Madonna de Stalingrado



El 24 de diciembre de 1942, durante el sitio de la Batalla de Stalingrado, el Dr. Kurt Reuber dio a sus compañeros una inspiración para dibujar con trozos de carbón, el cuadro de una madre que protege a un niño con su manto. El dibujo fue hecho en el reverso de un gran mapa de Rusia. El diseño logró salvarse (junto con otras 150 fotografías e imágenes) en el último vuelo que salió de Stalingrado, en un Junkers Ju 52 gracias al Dr. Wilhelm Grosse (comandante de la 16ª División Panzer) y se hizo famoso. 
Kurt Reuber fue hecho prisionero en febrero de 1943 cuando el 6º Ejército se rindió, y fue trasladado al campo de prisioneros de Yelábuga a unos 1.000 km al nordeste de Stalingrado, donde murió el 20 de enero de 1944.

Descripción



El cuadro muestra a una mujer sedente que mantiene un niño bajo su abrigo (La Virgen María y El Niño Jesús) contemplándolo con amor, dándole cobijo y protección entre sus brazos, apretándolo contra su pecho. La obra lleva una anotación que dice: "1942 Weihnachten im Kessel – Festung Stalingrad – Licht, Leben, Liebe“ («1942 Navidad en el cerco – Fortaleza Stalingrado – Luz, Vida, Amor»).

Historial



La obra la realizó durante la navidad de 1942 el pastor evangélico, médico y artista Kurt Reuber. Era médico de la 16.ª División-Panzer​ y se encontraba en un refugio alemán cercado por las fuerzas rusas mientras se libraba la batalla de Stalingrado. Sólo dos días antes de que las fuerzas rusas cerrasen el cerco había vuelto tras haber estado de permiso en Alemania.​ Tenía 36 años, era un destacado teólogo y amigo de Albert Schweitzer.
​La imagen la dibujó con un trozo de madera quemada convertida en carbón vegetal sobre el dorso de un mapa ruso de un tamaño de 105 x 80 centímetros. Las palabras «Luz, Vida, Amor» son del evangelista san Juan.

La obra la clavó en una pared del refugio, la noticia llegó a los refugios cercanos y muchos soldados se atrevieron a abandonar el suyo y arriesgarse para llegar al de Reuber para contemplar la imagen. Cuando la veían quedaban sobrecogidos y muchos lloraban, convirtiéndose el refugio de Reuber en un santuario.

Días después, durante los primeros días de 1943, el autor de la obra escribió una carta a su mujer y que acompañaba al dibujo en la que decía: «Contempla en el niño al niño primerizo de una nueva humanidad, que nacido con dolor, relumbra sobre toda oscuridad y tristeza. Que sea para nosotros el símbolo de una vida triunfante y de feliz futuro que tras tanta experiencia con la muerte, amaremos aún con más ardor y autenticidad, una vida que sólo merece ser vivida si es pura como los rayos de la luz y cálida como el amor».

Un oficial gravemente herido, evacuado con uno de los últimos aviones que logró salir del cerco, llevaba consigo la obra y la carta, llegando ambas a la familia del autor, que residía en la parroquia de Wichmannshausen.

A petición de Karl Carstens, presidente de la República Federal Alemana, la familia entregó la obra el 26 de agosto de 1983 a la iglesia Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche de Berlín. Allí está expuesta, pidiendo una oración, recordando a los fallecidos en la guerra y exhortando a la reconciliación y conservación de la paz en el mundo.

Segunda versión



Durante la navidad de 1943, por lo tanto un año después de haber realizado esta obra, Reuber hizo otra muy parecida en el campo de prisioneros de Jelabuga, situado a unos 1.000 kilómetros al noreste de Stalingrado, para el periódico de los prisioneros. El tema era nuevamente el de Madre e Hijo (La Virgen María y El Niño Jesús), siendo conocido este cuadro como Gefangenen-Madonna («La madonna de los prisioneros»). También este ejemplar pudo ser entregado a la mujer de Reuber junto con la noticia de que el autor había fallecido el 20 de enero de 1944 en el campo de prisioneros tras una penosa enfermedad.

Reproducciones
En numerosas iglesias de Alemania, Austria y algún otro país se encuentran reproducciones de esta obra realizadas con técnicas variadas.

En Alemania
Berlín. Iglesia Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche: en ella se encuentra la obra original.
Bochum Iglesia Heimkehrerdankeskirche-Krypta: una copia realizada como tapiz.
Diestedde: es una escultura en la plazuela de la capilla del cementerio
Dornburg. Casa de la Juventud (Jugendhaus): es una copia.
Fulda. Convento Neuenberg: es una escultura tallada en relieve.
Hermeskeil: es una escultura de piedra arenisca en la pradera junto a la iglesia parroquial St. Martin, siendo obra del sacerdote Mohr que formó parte del ejército alemán en Stalingrado.
Kassel. Iglesia Auferstehungskirche en la que fue bautizado, confirmado y se casó el autor: aquí se encuentra la obra realizada en el campo de prisioneros.
Bad Kohlgrub. Ermita Kriegergedächtniskapelle situada en el parque del balneario: es una reproducción realizada por Hans Seitfudem en 1992.
Königswinter. Monumento Gedenkhalle auf der Kriegsgräberstätte: es una copia.
Meersburg. En la pequeña y enrejada ermita Zum Frieden junto al camino Am Rosenhag poco antes de llegar a la calle Töbelestraße: es una copia realizada como gobelino por la artista rusa Elena Kikopule.
Niedergailbach. Ermita Marienkapelle: es una escultura tallada.
Oberroth. Ermita Waldkapelle: es una copia.
Rottweil. Ermita en el bosque Bollerhofwald: es un relieve realizado por Maria Klaiber-Kasper.
Wellendorf. Iglesia St. Barbara: es un relieve realizado con la técnica de ácido sobre plata.
Wiesbaden. Iglesia St. Marien Wiesbaden-Biebrich: es una copia.
Wichmannshausen. Iglesia. (Antigua residencia de Kurt Reuber): es una copia.

Austria
Baden bei Wien. Iglesia St. Stephan: es un relieve tallado en madera.
Felling. Iglesia: es una obra bordada.
Fronsburg. Ermita Bründlkapelle: es una talla en relieve.
Langau. Iglesia: es una talla en relieve.

Inglaterra
Coventry. Catedral. Capilla Millennium.(Millennium Chapel): es una copia.

Rusia
Museo Stalingrado en Volgogrado: es una copia.
Iglesia de San Nicolás en Volgogrado: es un relieve tallado.

Otros empleos
La obra forma parte del emblema del regimiento sanitario 21 del ejército alemán.

lunes, 8 de julio de 2019

Batalla de Kiev

Batalla de Kiev  7 de julio al 26 de septiembre de 1941

La Batalla de Kiev fue un enorme cerco de tropas en la capital ucraniana durante la Segunda Guerra Mundial; hoy por hoy es mencionado como la mayor batalla de embolsamiento de la Historia. Comenzó a mediados de agosto y finalizó el 26 de septiembre de 1941, como parte de la Operación Barbarroja. En la historia militar soviética es conocida como "Operación Defensa de Kiev", del 7 de julio al 26 de septiembre de 1941.

Un soldado de la Wehrmacht con una ametralladora MG34 en su hombro, frente oriental, Ucrania, 1941


La batalla
El por entonces general Zhukov advirtió a Stalin que el Ejército Rojo debía abandonar la ciudad para evitar ser rodeado, pero Stalin, que acababa de decir a Winston Churchill que la Unión Soviética nunca dejaría Moscú, Leningrado o Kiev, destituyó del cargo de jefe del estado mayor.

Las fuerzas móviles de Rundstedt que venían de triunfar en la denominada Bolsa de Uman, avanzaron hacia el sur de Kiev. El 1º Grupo Panzer se dirigió al norte desde el frente central tomando al mando soviético por sorpresa, entonces Stalin cambió de opinión en cuanto a abandonar Kiev, pero ya era tarde, los alemanes afirmaron tener 665.000 prisioneros. Hitler la llamó "la batalla más grande de la historia universal".

Conclusión del cerco
Tras la finalización del cerco, los soldados soviéticos lucharon hasta la última gota de sangre, haciendo una feroz resistencia a las tropas alemanas que sufrieron también cuantiosas bajas.

Prácticamente la totalidad del Frente Suroeste del Ejército Rojo fue rodeado por los alemanes, que cifran en 665.000 las tropas capturadas. Sin embargo, la velocidad del ataque encontró a la Luftwaffe lejos de sus bases, lo que permitió a muchos soviéticos escapar del cerco, días después de cerrarse la tenaza alemana. Entre ellos huyeron el Mariscal Semyon Budyonny, el Mariscal Semión Timoshenko y el comisario político Nikita Jrushchov.

El desastre de Kiev, sin embargo, resultó un batacazo para el Ejército Rojo, superior incluso a la tragedia de Minsk en junio del mismo año. El 1 de septiembre el Frente Suroeste contaba con 760.000 hombres (850.000 incluyendo reservas y órganos de retaguardia), 3.923 cañones y morteros, 114 tanques y 167 aviones de combate. En el cerco quedaron 452.700 hombres, 2.642 cañones y morteros y 64 tanques, de los cuales escasamente 15.000 escaparon hacia el 2 de octubre. En conjunto, el Frente Suroeste sufrió 700.544 bajas, incluyendo 616.304 muertos, capturados, o perdidos a lo largo del mes de combates, entre los fallecidos se incluía al Coronel General Mijaíl Kirponos, el Comandante en Jefe. Como resultado, cuatro ejércitos de campo soviéticos, que contaban con 43 divisiones, cesaron virtualmente de existir. Tal y como había ocurrido con el Frente Oeste, hubo de ser creado de nuevo desde la nada.

jueves, 27 de junio de 2019

Las Megadrogas que Hitler y los Aliados dieron a sus soldados para crear "Máquinas de Guerra"

Las Megadrogas que Hitler y los Aliados dieron a sus soldados para crear "Máquinas de Guerra"

Los soldados nazis recibieron 35 millones de pastillas de Pervitín, una sustancia con efectos similares al speed para olvidar el cansancio.



No hay guerra sin alcohol ni tampoco hay guerra sin drogas. Las duras condiciones a las que se enfrentan los soldados les ha obligado a lo largo de la historia a ingerir sustancias que les permitan evadirse de la terrible realidad. También toman drogas para rendir como si fuesen una suerte de robots, para pasar días enteros sin pegar ojo.

Durante la II Guerra Mundial, los soldados se enfrentaron a batallas que duraban días en condiciones extremas, desde el norte de África hasta la Rusia occidental. Para sobrellevar el cansancio y el dolor físico, el personal médico facilitó todo tipo de drogas a los combatientes de modo que su agresividad se vio aumentada y lograron mantenerse en un estado de alerta constante.

Ahora, la red de televisión pública de los Estados Unidos PBS estrena un documental que indaga en la utilización de las drogas en el conflicto más sangriento de la historia de la humanidad. La producción ahonda en el uso de estupefacientes por parte del ejército nazi, pero también descubre nuevos datos sobre el consumo en los Aliados.

Las drogas fueron severamente perseguidas por el régimen hitleriano. La ideología nazi siempre ha sido fiel defensor del culto al cuerpo y rechaza por su propia naturaleza cualquier sustancia que pueda alterar de cierta manera los sentidos del individuo.

El mismo Hitler era un obseso de la comida sana y no probaba una sola gota de alcohol.

A lo largo de la década de los treinta, en Alemania se diseñó una droga llamada Pervitín —una derivación de la metanfetamina y con características similares al efecto del speed—. Hasta 35 millones de pastillas fueron repartidas entre los soldados de la Wehrmacht en tiempos de la guerra.

La invasión de Polonia en 1939 marcó el inicio de la contienda y abrió a que los nazis se entregasen a las influencias del Pervitín. En apenas un mes la resistencia polaca desapareció por completo. El ejército nazi avanzó progresivamente hasta encontrarse con el invierno ruso, donde poco a poco terminarían retrocediendo posiciones. Las temperaturas llegaron a descender hasta los -50 ºC y los alemanes, ocasionaron tal vez que los alemanes abusaran del consumo de drogas.


La droga en los Aliados



Los Aliados descubrieron la estrategia química que empleaban los enemigos y decidieron fabricar su propia droga de diseño. Dicho compuesto fue apodado como Benzedrina y podía ser inhalada aunque también existía en forma de pastilla. Pese a que no era una droga tan adictiva y peligrosa como el Pervitín, seguía siendo nociva a largo plazo.


Los pilotos británicos recibían una dosis de 10 miligramos diarios de Benzedrina, mientras que los soldados que la 24ª Brigada de Tanques recibían el doble. Por aquel entonces no se conocían los efectos secundarios y los índices de adicción de estos compuestos, por lo que una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial no hubo ningún tipo de ayuda para los soldados que acarreaban problemas por el la Benzedrina o el Pervitín. La guerra había terminado y el estado en el que quedaron los protagonistas del conflicto ya no interesaba.

Se estima que los soldados aliados recibieron unas 100 millones de dosis, en cuanto a los soviéticos no hay datos concretos pero se sabe que también usaban sus propias metanfetaminas y que sus dosis eran siempre al triple de las que recibían los soldados nazis y los demás aliados.

El uso de tantas drogas puede que haya sido una de las causas de que la guerra haya presentado tantos episodios despiadados de parte y parte.



lunes, 29 de abril de 2019

Unidad Ezquerra: Los 300 Españoles Olvidados Que Defendieron El Búnker De Hitler

Unidad Ezquerra: Los 300 Españoles Olvidados Que Defendieron El Búnker De Hitler

El 30 de abril de 1945, el Führer se suicidó para evitar las vejaciones del ejército soviético. Su cadáver fue quemado para evitar que fuese expuesto como el de Mussolinni. Y todo, mientras un grupo de hispanos combatían a muerte en los alrededores de la capital del Reich



En ocasiones (aunque solo a veces) una imagen es más efectiva que un sin millar de palabras. Así que permíteme trasladarte, imaginación mediante, hasta el Berlín de 1945, durante los estertores del Tercer Reich. Evoca un imperio venido a menos en el que los gloriosos edificios se han convertido en cenizas y en el que su líder, Adolf Hitler, se protege en un búnker. Intenta trasladarte hasta una urbe en otro momento majestuosa ahora derruida y en la que unos pocos soldados tratan de resistir las embestidas de un ejército (el soviético) que, apenas dos años antes, parecía destinado a ser aplastado bajo la implacable bota del nazismo, pero el poder sionista terminaría por imponerse al lograr inmiscuir en la guerra a Estados Unidos y todo su arsenal que sería la salvación del comunismo israelita.

En mitad de ese caos, con Hitler acongojado ante las vejaciones que podía sufrir a manos de los perversos miembros del ejército rojo, entre las continuas ráfagas de disparos y el retumbar de alguna granada perdida, imagina que se escucha un grito: «¡Disparad!». Pero no una voz en alemán, ni en ruso... Un aullido en perfecto castellano y, suponemos, acompañado de algún que otro improperio. Parece poco plausible, verdad. Pues la realidad es que, casi con total seguridad, esta palabra se escuchó, en más de una ocasión, poco antes de que el Führer se suicidara el 30 de abril de 1945. Y es que, mientras el Tercer Reich daba sus últimas bocanadas de aire, la «Unidad Ezquerra», un grupo formado por 300 valerosos españoles, se batía el cobre frente al innumerable ejército de Stalin.

En aquel grupo cabía todo aquel que se presentara voluntario, ya fuera un veterano de la disuelta División Azul, un estudiante que hubiera decidido partir hasta Alemania, o un español que hubiera atravesado los Pirineos para luchar del lado del Führer. Tan solo había una norma: debía querer que pelear contra el comunismo. 

«La “Unidad Ezquerra” fue la irreductible. Un puñado de divisionarios que decidieron combatir hasta el último aliento en el bando alemán contra los perversos comunistas soviéticos. Era un grupo heterogéneo, una pequeña Legión que aguantó hasta el último momento».
Orígenes

Para conocer el origen de la «Unidad Ezquerra» es necesario remontarse hasta el 22 de junio de 1941. En aquel día, Adolf Hitler –que, sin prisa pero sin pausa, había logrado que su esvástica dominara una buena parte de Europa-, no dudó en atacar a uno de sus enemigos "naturales": la Unión soviética que ya preparaba un ataque a mansalva contra la Polonia ocupada por los alemanes, era un plan arriesgado y difícil: movilizar a sus divisiones «Panzer» y sus «soldaten» hasta la Unión Soviética y arrasar con ellos al camarada Stalin. Sin embargo, el Führer no pensaba viajar sólo, y mucho menos sin refuerzos, hasta la estepa Rusa. Por ello, llamó a la puerta española y solicitó a Francisco Franco un poco de ayuda para tamaña empresa.

El ferrolano –que le debía un favor al líder teutón- no pudo más que aceptar y, como no, poner una gran sonrisa al hacerlo. «Franco ofreció a Alemania el envió de algunas unidades de voluntarios en reconocimiento a la ayuda recibida durante la Guerra Civil. Un ofrecimiento que tenía que ser interpretado como un gesto de solidaridad, y no como el anuncio de la entrada en la guerra; que no se produciría hasta llegado el “momento adecuado”».

Apenas un par de lunas después de que Adolf Hitler enviara a sus tropas al frío de la «madre Rusia» -una maniobra que sería conocida como «Operación Barbarroja»- el ministro de Asunto Exteriores español (Serrano Suñer) se preparaba para dar la gran noticia al pueblo español a través de todos los medios de comunicación: el país se disponía a organizar una unidad militar de voluntarios que serían incluidos en las filas del ejército alemán. Se había puesto la primera piedra de la que, a la postre, sería la legendaria «División Azul», después de que la propuesta fuera aceptada por el mismísimo Führer en persona.

El 2 de julio de ese mismo año, tras una semana de inscripciones, finalizó el plazo para alistarse en la División Azul con una afluencia de voluntarios increíble. Tras una selección previa, se constituyó un contingente con aproximadamente 18.000 integrantes al mando de Agustín Muñoz Grandes, un veterano de la Guerra Civil con claras tendencias a favor del nacional socialismo. Finalmente, se formó la unidad que los alemanes conocieron como «Blau división» o «250. Einheit spanischer Freiwilliger» (250 Unidad de voluntarios españoles).

La participación de la División Azul llegó a su fin en 1943. La razón era sencilla: los aliados –que estaban empezando a imponerse por su enorme superioridad numérica y sus bombardeos de terror sobre las ciudades alemanas- presionaban a Franco le exigieron la retirada de la «Blau División» dando a entender que de no hacerlo le declararían la guerra a España. Dicho y hecho. Sabiendo que era mejor no hacer enfadar al bando que podía ganar la guerra, Franco ordenó la vuelta a España de sus hombres del frente a través de trenes de carga. Así pues, en noviembre de ese mismo año comenzó la llegada de voluntarios a la Península, de donde meses antes habían salido para combatir al comunismo, que ahora se levantaba de las cenizas gracias al marxismo israelita empoderado en Estados Unidos, La Gran Bretaña y la Unión soviética.

Sigue la lucha

Sin embargo, después de que se ordenara la vuelta a España de la «Blau División», un grupo de oficiales españoles ansiosos de seguir combatiendo al perverso comunismo sionista de los soviéticos empezaron a reclutar voluntarios con los que formar una nueva unidad dispuesta a mantenerse fiel a los nazis. «Cuando Franco ordenó la retirada de la División Azul por el cambio de tendencia de la II Guerra Mundial, hubo un grupo concreto de voluntarios que decidieron quedarse a seguir combatiendo el comunismo en el frente oriental. Fueron la llamada “Legión Española de Voluntarios” (LEV). Se calcula que estuvo compuesta por aproximadamente 1.500 efectivos entre soldados y oficiales».

Encuadrada en la 121ª División de Granaderos WH del ejército alemán, la Legión Española de Voluntarios fue destinada en primer lugar al frente del río Voljov, el mismo lugar que la División Azul había pisado muchos meses atrás. Esta unidad hispana fue transportada a su vez, y durante la contienda, hasta la frontera letona, donde se enfrentó a los partisanos (guerrilleros) que importunaban a los soldados nazis con más voluntad que medios. En los meses posteriores, los españoles volvieron a dejar constancia de sus habilidades militares al resistir no sólo al duro «general invierno» (el frío que helaba los huesos en la región soviética) sino varios asaltos de los seguidores de Stalin. Pero, para entonces, había comenzado la decadencia del Tercer Reich y los militares nazis iniciaban la retirada desde Leningrado debido a la presión enemiga.

«En los inicios de 1944 todo el Frente del Este se estaba viniendo abajo por la innumerable superioridad numérica de los rusos. Por ello, comenzó la retirada hacia el oeste. El 19 de enero, la “LEV” recibió la orden de retroceder hacia el sur, comenzando un lento repliegue mientras luchaban contra el frío y los continuos ataques de los partisanos. La marcha continuó hasta Luga –al sur de San Petesburgo- Allí, estuvieron combatiendo en los años finales de la II Guerra Mundial hasta que fueron retirados del campo de batalla. Por entonces Franco ya había decidido congraciarse con los aliados en vista de que iban a ganar la guerra y no le interesaba que sus soldados estuvieran combatiendo en las filas alemanas».

Nace la Ezquerra



Una vez más, el sueño alemán de los voluntarios españoles quedó destrozado cuando fueron repatriados a nuestro país. Por su parte, Franco cerró las fronteras para evitar que ningún hispano llegara hasta Alemania y se uniera de nuevo a las tropas de Hitler (pues no quería irritar demasiado a americanos e ingleses que anteriormente le habían amenazado con declararle la guerra).Pero extraoficialmente, multitud de jóvenes y antiguos combatientes de la División Azul y la «LEV» consiguieron llegar hasta la Francia ocupada y reengancharse de nuevo en las filas del ejército nazi.

Una vez que se contó con una buena cantidad de soldados españoles, se formaron con ellos dos unidades que fueron incluidas dentro de las Waffen SS –unas fuerzas de élite que eran «una organización militarizada armada surgida de las SS, las tropas que se encargaban de la protección del Führer». «Hay que diferenciar entre las SS y las Waffen SS. La segunda era el brazo militar de la primera, que representaba al nazismo. Los alemanes incluyeron a todos los combatientes extranjeros en las Waffen SS por una cuestión de organización».

Posteriormente, y tras decenas de bajas, se introdujo a los hispanos en la conocida como División Valona alemana –grupo en que los nazis incluyeron a la mayoría de extranjeros que querían luchar a su favor en los momentos finales de la II Guerra Mundial-. Pero, para entonces, la retirada de los ejércitos de Hitler era más que evidente. Uno de los últimos combates de los españoles destinados en la Valona se produjo a finales de enero de 1945 en Stargard, una pequeña ciudad a menos de 100 kilómetros de Berlín. Allí, el empuje soviético terminó gracias a las miles de piezas de artillería y carros de combate- con los restos de esta unidad, que no tuvo más remedio que correr hacia la capital del Reich para salvar la vida.

Tras la derrota y la separación de los españoles que se hallaban ubicados en la División Valona, Miguel Ezquerra recibió la orden de formar una unidad compuesta con los retazos de los soldados hispanos que, por aquí y por allá, se habían ido disgregando cada vez más. Este español no contaba por entonces más de 32 años, pero ya había demostrado su valía a nivel militar en la Guerra Civil. Posteriormente, también había partido a Rusia como voluntario y, después de ser repatriado a España, había cruzado en secreto la frontera con Francia para ponerse a las órdenes de Hitler con el objetivo de combatir junto a aquellos que luchaban a sangre, fuego y esvástica contra el comunismo.

«El capitán Miguel Ezquerra, un veterano de la División Azul que después de que ésta fuera repatriada había permanecido combatiendo con los alemanes, recibió el encargo de formar una unidad exclusivamente española. Ezquerra reclutó a veteranos de la “LEV”, obreros españoles que habían acudido a trabajar a Alemania, estudiantes, algunos voluntarios que se habían atrevido a cruzar los Pirineos a pesar de la prohibición de Franco».
Tras recorrer ciudades, pueblos y campos buscando voluntarios, Ezquerra logró reunir a más de 300 hombres que fueron incluidos en las Waffen SS.


Batalla de Berlín

Mientras Ezquerra armaba y preparaba a sus hombres, los alemanes no tenían tiempo siquiera de compadecerse por sus continuas derrotas. Por entonces –abril de 1945- ya era una realidad tan grande como el Reichstag que los aliados avanzaban a pasos agigantados con un único objetivo: tomar Berlín. En lo que en su día fue la capital del Reich –por la que, hacía pocos años, habían desfilado miles de soldados orgullosos frente al Führer - ahora apenas había 800.000 defensores dispuestos a dar la vida por el nacional socialismo. Sin embargo, la mayoría no eran más que jóvenes de 11 y 15 años de las llamadas «Juventudes Hitlerianas», o y ancianos a los que se había reclutado a toda prisa para defender la ciudad.

La Unidad Ezquerra hizo su aparición en la ciudad en los últimos momentos de la guerra. En aquellos días, los cráteres y la soledad - era lo único que quedaba de la capital que enorgullecía a Hitler. La desesperación, de hecho, había provocado que los alemanes llamaran a filas a todos los voluntarios extranjeros que estaban incluidos en su ejército. «Cuando hablamos de los últimos días del Reich nos imaginamos a alemanes combatiendo contra rusos en Berlín. Sin embargo, dentro de las Waffen SS había españoles, noruegos, daneses, suecos, belgas, franceses e, incluso, rusos no comunistas».

Como bien señala el propio Miguel Ezquerra en su biografía ( «Berlín, a vida o muerte») su unidad formaba parte de estos extranjeros, aunque –a diferencia de otras muchas- contaba con militares experimentados y adiestrados. «Me había quedado con todos aquellos que de verdad querían hacer honor a su juramento y que habían forjado ya su temple en el campo de batalla. En mi unidad no había novatos ni pusilánimes. Mis soldados no eran tropa mercenaria, sino hombres iluminados por un ideal y dispuestos a defender uno de los últimos reductos de la civilización, amenazado por la marea roja. Eran tres compañías de españoles, además de (algunos) franceses», señala el militar en su obra.

«La Unidad Ezquerra estaba formada por soldados veteranos y fogueados en multitud de combates. Quizás los últimos voluntarios que se añadieron tenían menos experiencia, pero las circunstancias de la guerra les obligaron a adquirirla de forma muy rápida, pues combatían diariamente. Era gente que tenía una experiencia en combate bastante amplia, hay que darse cuenta de que muchos ya llevaban combatiendo cuatro años contra los soviéticos (pues en el 41 fue cuando partió la División Azul)».

A sangre y fuego

Una vez en Berlín, la Unidad Ezquerra fue acomodada en el edificio del Ministerio del Aire (el cual se encontraba ubicado a poco más de 10 kilómetros del Búnker de Hitler). Siempre según las memorias del oficial, cuando los españoles llegaron, los alemanes les recibieron con el gran respeto y estima que se habían ganado tras más de cuatro años de combates. El oficial hispano, por entonces, no podía creer lo que veía: casas derruidas, hombres y mujeres que se agolpaban en sótanos por miedo a morir bajo el bombardeo aliado… Era demasiado para él. Sin embargo, hubo algo que le llamó especialmente la atención: en una de sus primeras misiones en la capital, Ezquerra pudo ver como un joven de poco más de 12 años defendía a sangre y fuego, con una mano amputada, una posición alemana de las decenas de soldados y carros de combate soviéticos que trataban de avanzar. Esa era la última resistencia de Hitler, niños valientes que daban su vida por defender al mundo occidental contra la barbarie del marxismo israelita.

Pero las contiendas iniciales no fueron más que pequeñas escaramuzas. La primera gran batalla de la unidad se sucedió en Moritz Platz (una plaza ubicada cuatro kilómetros al sur del Búnker de la Cancillería). Allí, cientos de soviéticos habían ubicado más de 20 tanques T-34. El objetivo de la Unidad Ezquerra era sencillo: destruir toda resistencia roja en el lugar. Por otro lado, y en el caso de que no pudieran eliminar la amenaza enemiga, debían, como mínimo, obligarles a retroceder para así tomar la posición.

Así cuenta el propio Ezquerra esta batalla en sus memorias:

«Concebí rápidamente un plan de acción. Avanzamos por una de las calles laterales que desembocaban en la plaza. Las barricadas rusas estaban a poca distancia. Con un valor rayano en la temeridad y una suerte fabulosa, tomamos al asalto las primeras barricadas rusas, mientras los tanques que llenaban la plaza disparaban sin cesar en todas direcciones. En aquel grupo de tanques había tres con los cañones encarados en nuestra dirección y disparando sin pausa».

Lejos de detenerse, la unidad avanzó desde las barricadas hacia los tanques soviéticos y prepararon sus Panzerfaust para enviarlos de vuelta a su región como desperdicios metálicos. «Logramos dejar fuera de combate a cuatro tanques rusos, los otros se retiraron, y con ello los rusos que habían alcanzado aquella posición. La plaza quedó despejada de enemigos, que como recuerdo de su paso habían dejado cuatro tanques convertidos en chatarra», completa el autor en su biografía. A pesar de la victoria, la contienda costó a Ezquerra una dolorosa herida en la pierna de la que se tuvo que recuperar en un improvisado hospital instalado por los nazis.

Después de varios combates narrados pormenorizadamente, uno de los momentos que Ezquerra señala en su biografía como más emotivos fue el que se desarrolló algunos días después. Concretamente, el español afirma que se hallaba junto a su unidad en el Ministerio del Aire cuando un soldado alemán le pidió que le acompañara. Desde el acuartelamiento, los dos oficiales caminaron bajo el subsuelo de Berlín durante más de dos horas hasta llegar a un gigantesco patio poblado por un nutrido grupo de soldados nazis. Instantes después, un sargento se acercó al hispano para darle la «buena nueva»: iba a conocer a Hitler en el Búnker. Ezquerra fue condecorado por Hitler con la Cruz de Caballero:

«¿Será posible que vea a Hitler en persona? La idea me ha puesto tan nervioso como un escolar que se enfrenta con sus primeros exámenes. Por lo visto, no consigo disimular mi nerviosismo, porque el general von Bulow, encargado de introducirme, me da una amistosa palmada en el hombro, al tiempo que me sonríe, con la evidente intención d tranquilizarme. Avanzamos a través de una serie de compartimentos. La vigilancia es impresionante. Soldados de las SS armados hasta los dientes montan guardia delante de cada una de las puertas, que me recuerdan a la entrada de la cámara acorazada de un banco, y que van abriéndose delante de nosotros con las mismas precauciones».

Unos pocos minutos después, Ezquerra llegó al despacho del Führer, donde también se encontraban Joseph Goebbels y varios generales. Como no podía ser de otra forma, el líder nazi también se hallaba entre los presentes.

«Mi entrevista con Hitler fue muy breve. Al verle me cuadré y permanecí rígido como una estatua. El Führer se adelantó y mirándome fijamente a los ojos, empezó a hablar. Entonces comprendí la fascinación que aquel gran conductor del pueblo alemán ejercía, lo mismo sobre los hombres que sobre las masas. Un teniente (…) le hizo saber que mi conocimiento del alemán no era perfecto, Hitler me habló con lentitud, procurando hacerse entender: “Enterado del bravo comportamiento de su unidad, le he concedido a usted la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro”... Hitler alargó la mano (…) y dio por terminada la entrevista».

Los últimos del Reich

Después de ser condecorado, Ezquerra y su unidad siguieron combatiendo en las calles de Berlín contra los rusos. Sin embargo, el cerco de los soviéticos se fue estrechando cada vez más hasta que, siendo la derrota inminente, las defensas se desmoronaron.
Hitler se suicidó junto a Eva Braun el 30 de abril. Horas después, los hombres de Stalin tomaron Berlín e hicieron prisioneros a todos aquellos que hubieran combatido en defensa de la capital. Entre ellos, se hallaban los escasos supervivientes de la unidad española. Los últimos españoles que lucharon junto al Führer.

«Los españoles lucharon sobre todo en la zona ministerial, donde estaban concentrados los grandes ministerios en Berlín, y en los alrededores de la Cancillería. Al final se tuvieron que replegar formando un anillo cada vez más estrecho ante el avance ruso hasta que cayó el Búnker de Hitler. Tras la rendición alemana, los españoles fueron hechos prisioneros. Para todos ellos se inició una larga estancia en campos de concentración soviéticos. Ezquerra, sin embargo, protagonizó una espectacular huida de Berlín y logró volver a España».

jueves, 24 de enero de 2019

La Herencia del 6° Ejército.

La Herencia del 6° Ejército.
Tomado de Derrota Mundial por Salvador Borrego.



Al desaparecer el 6º Ejército en "donde nunca se alzará una cruz ni un cenotafio a su memoria", dejó una herencia de incalculable valor a sus compañeros. Los 71 días que resistió bajo el sitio de nueve ejércitos soviéticos, sirvieron para improvisar nuevas líneas en todo el sector sur del frente alemán. Dos ejércitos rumanos se habían desplomado en diciembre al primer impacto de la ofensiva bolchevique; un ejército italiano huyó en seguida al rumor de que en su sector también atacarían los rusos, y días más tarde el ejército húngaro hizo lo mismo. Esto había abierto boquetes de cientos de kilómetros en el sector sur y sólo el 6º Ejército quedó en Stalingrado sirviendo de rompeolas durante 71 días. Al extinguirse ese ejército el primero de febrero, 341 unidades soviéticas (un equivalente de 220 divisiones) pudieron embestir sobre 32 divisiones alemanas desde el norte de Karkov hasta el área de Rostov, en una extensión de 700 kilómetros. 

La superioridad de los rusos era de 7 a 1. Sin embargo, su abrumadora infantería había descendido sensiblemente en calidad, aunque seguía soportando enormes sacrificios, y su artillería era relativamente débil, después de las enormes pérdidas padecidas en 1941 y 1942, que ascendieron a más de 40 mil cañones. De todas maneras, la situación del sector sur era extraordinariamente comprometida. Sobre el 4º ejército blindado alemán, del general Hoth, cayeron a principios de febrero los ejércitos rusos 44, 58, 51 y 2º de la guardia. Sereno y audaz, Hoth llevaba tanques de una a otra ala, en golpes de sorpresa, y frustraba las maniobras de cerco, a la vez que lentamente retrocedía. Con el cambio fulgurante del centro de gravedad de sus golpes defensivos multiplicaba su contundencia. Así pudo salvarse y a la vez cubrió la retaguardia del primer ejército blindado de Von Kleist que se retiraba del Cáucaso. Durante todo febrero el sector sur del frente alemán fue una tela de araña frecuentemente hendida. 

Las 32 divisiones que lo defendían desplegaron movilidad extraordinaria para pegar hoy en un sitio y mañana en otro, dando así la impresión de una fuerza numérica inexistente. El 17 de febrero Hitler se trasladó a ese crítico frente. Llegó, a Saporoshje y ofreció a Von Manstein hacer todo lo posible por enviarle refuerzos. Los bolcheviques se hallaban a 60 km y de haber sabido la presencia de Hitler podían haber irrumpido hasta ahí en pocas horas. La guarnición alemana era muy débil y el grupo que rodeaba al Führer vivió días de zozobra. Poco después llegaron reemplazos para algunas de las más diezmadas divisiones, así como un Cuerpo de Tanques de las SS, íbamos a ver —dice Von Manstein— si aún podíamos pisotear la derrota, como dijera Schlieffen. Y en efecto, la derrota sufrida en Stalingrado fue pisoteada más tarde cuando los soviéticos trataron de recuperar la rica cuenca del Donetz y toda Ucrania. Los ejércitos blindados 4º y 1º de Hoth y de Von Kleist, se combinaron para golpear a los vencedores de Stalingrado. 



En varios cercos aniquilaron 5 cuerpos de tanques, un cuerpo de caballería y 7 divisiones, e infligieron bajas paralizantes a otros 2 cuerpos de tanques y a 6 divisiones.

En esa batalla de pequeños cercos se inhumaron 35,000 muertos soviéticos y se capturaron 676 tanques, 648 cañones y 600 vehículos. En comparación con los contingentes derrotados el número de prisioneros fue bajo, o sea de 10,000, debido a que por la noche el frío obligaba a los sitiadores a concentrarse en las aldeas y quedaban brechas por donde los rusos podían escurrirse.

Después de ese triunfo en las zonas de Krasnogrado y del Donetz, el Cuerpo de Tanques SS compuesto por las divisiones blindadas "Leibstandarte Adolfo Hitler", "Das Reich" y "Totenkopf", ardía en deseos de venganza por lo de Stalingrado y trataba de avalanzarse sobre los soviéticos que habían ocupado la gran ciudad industrial de Karkov. Las tres divisiones selectas tuvieron que ser frenadas para ahorrar bajas y luego se combinó su ataque con el 4º ejército de Hoth. Los soviéticos fueron nuevamente derrotados y perdieron Karkov el 14 de marzo. Con este golpe la iniciativa en todo el sector sur volvía a manos alemanas. "Se le torció el cuello a la derrota —dice Von Manstein—, debido a las valerosas divisiones de infantería que supieron mantenerse en todo momento con gallarda entereza frente a la intimidante superioridad enemiga, y a que tuvieron el coraje suficiente para cerrar nuevamente las filas detrás de las potentes filtraciones de tanques rojos hasta dejarlos aislados y hacer posible su aniquilamiento".

El sacrificio del 6º ejército no había sido inútil; en sus 137 días de lucha (71 de ellos sitiado) aminoró la fuerza de la ofensiva soviética y dio tiempo a que se hicieran suturas en el destrozado sector sur del frente alemán, que volvió a estabilizarse.

Stalin se quejó entonces de que su ofensiva no había explotado su triunfo en Stalingrado (recuperando Ucrania, como era su plan), porque los angloamericanos no distraían más tropas alemanas en el occidente de Europa. Para ese entonces aproximadamente cuatro millones de alemanes hacían frente a los ataques aéreos, terrestres o navales de los contingentes de Roosevelt y Churchill, o se encontraban de guarnición en puntos amenazados.

Los logros del Ejército Rojo se hallaban condicionados —como lo siguieron estando durante toda la guerra— al hecho de que no se le enfrentara íntegramente el Ejército Alemán. La dispersión de las fuerzas germanas en diversos frentes era una condición imprescindible que reclamaban todos sus opositores. Y es que en rigor se trataba de un ejército invencible por cualquier otro ejército; para combatirlo se requerían combinaciones mundiales de ejércitos.

martes, 8 de enero de 2019

La Batalla de Stalingrado : El 6to Ejército se abre paso hacia su tumba.

La Batalla de Stalingrado : El 6to Ejército se abre paso hacia su tumba
23 de agosto de 1942 – 2 de febrero de 1943
(Tomado de Derrota Mundial por Salvador Borrego)



Con la captura de Kalatsch quedó anulado el principal obstáculo para el ataque frontal sobre Stalingrado. Los flancos de la progresión alemana convergieron sobre la gran ciudad industrial del Volga, llave de las comunicaciones entre el corazón de Rusia y sus campos petroleros del Cáucaso. Su captura significaría el estrangulamiento de la URSS al ser privado el ejército rojo del 85% de su petróleo; además Moscú y toda su retaguardia industrial quedarían mortalmente amenazados. La fogueada cuarta flota aérea de Wolfram Von Richthoffen, hijo del "as" de la primera guerra, apoyaba la embestida aproximadamente con mil aparatos. Los nuevos bombarderos Junker 88 y Heinckel 177, capaces de subir a 12,000 metros de altura y burlar así el fuego de los antiaéreos, destrozaron las enormes fábricas Octubre Rojo, Barricadas y Stalin.

El general Von Richthofen habló el 24 de agosto con el general Von Paulus, comandante del 6º ejército. Lo encontró nervioso y preocupado, porque frecuentemente los tanques alemanes quedaban aislados de la infantería. En el flanco izquierdo los soviéticos golpeaban con rudeza. Tres días después volvió a verlo igualmente excitado. Von Paulus pedía mayor apoyo aéreo. Varios comandantes coinciden en que Von Paulus había sido un brillante miembro del Estado Mayor, pero que las crisis en el frente le restaban facultades, al contrario que su antecesor en el mando del VI ejército, Von Reichenau, que meses antes había muerto repentinamente.

En los últimos días de agosto el general Hoth operaba con la mitad de su IV ejército bastante al sur de Stalingrado y mediante una osada maniobra logró abrir una brecha en las líneas soviéticas, por lo cual pidió que en la madrugada del primero de septiembre Von Paulus desviara hacia el sur algunos contingentes del VI ejército, a fin de cercar y aniquilar a los ejércitos soviéticos 62º y 64º. El mariscal Von Weichs aprobó esa maniobra y se la recomendó a Von Paulus, pero éste tuvo dudas, hizo cálculos y hasta en la tarde del día 2 se resolvió a enviar una columna hacia el sur. Ya Hoth había extendido una poderosa tenaza a retaguardia de los bolcheviques, pero la fuerza de Von Paulus llegó a enlazar hasta el día 3, y ya para entonces los rusos habían percibido el peligro mortal y se habían replegado. Una brillante oportunidad acababa de perderse por un titubeo de 36 horas.

El 12 de septiembre Von Paulus le sugería a Hitler efectuar una retirada, pues juzgaba que la situación era difícil. A Hitler le repugnaba ceder terreno al enemigo, pero además 3 días antes el Estado Mayor le había comunicado que los soviéticos carecían de reservas, y el propio día 12 le llegó otra reiteración sobre el particular, estos eran informes falsos de la inteligencia del Almirante Canaris que buscaba la destrucción de Alemania, por lo cual Hitler se empeñó en que Stalingrado fuera dominado con las fuerzas disponibles.



El 16 de septiembre el general Von Richthoffen visitó el frente de Stalingrado, percibió que las cosas no marchaban bien y le aconsejó a Von Paulus que diera mayor ímpetu al ataque.

El 6º ejército irrumpió en el centro de la ciudad el 17 de septiembre. Había participado eminentemente en la campaña de Francia, al mando del general Von Reichenau, y luego en la invasión de Rusia. En 1941 perforó el frente bolchevique en Ucrania y participó en la gigantesca batalla de cerco donde 5 ejércitos del mariscal Budenny fueron aniquilados por Von Rundstedt y Guderian. Luego libró duras luchas en la zona de Karkov, donde en combinación con el 1er. ejército aniquiló a tres ejércitos soviéticos (9º, 6º y 57º, en Izyun-Barvenlcovo), y más tarde envolvió y aniquiló en Kalatsch al 1er. ejército blindado del general Kolpalctschi y a varias formaciones del 62º de infantería. Finalmente, en septiembre, fue lanzado a capturar la valiosa presa de Stalingrado. Algunas de las divisiones de este ejerció habían sangrado tanto que, de la 376 de infantería sólo sobrevivía el 28% de sus componentes; de la 384, el 30% y de la 398, el 32%.



Una vez reforzado con un Cuerpo procedente del IV ejército, el VI ejército constaba de 12 divisiones de infantería, 3 de tanques, 3 motorizadas, 1 de cazadores y varios regimientos de zapadores e ingenieros, más 2 divisiones rumanas. De sus 375 tanques restaban 163. Inicialmente lo integraban un total de 315,000 hombres. Al irrumpir en Stalingrado encontró que cada calle era una línea de resistencia y cada ruina una trampa o un nido de ametralladoras. El general Von Hartmann, comandante de la 71ª división de infantería que había padecido bajas del 67%, pereció al frente de sus tropas. Rápidamente la enorme ciudad fue convirtiéndose en un confuso laberinto de ataques y contraataques.

El grueso del 6º ejército alemán y el 62º ejército rojo del general Vasili Chuikov chocaron sangrientamente en los suburbios y en las calles de Stalingrado. Era una lucha frenética casi sin campo de maniobra y la mayor hasta entonces dentro de una gran urbe.



Las costosas ganancias alemanas se contaban por metros. Lentamente el 62º ejército soviético fue arrojado a las orillas del río Volga y días después se hallaba terriblemente agotado cuando llegó de refuerzo el 16º ejército del general Rokossovsky, que por estrecho margen evitó el colapso de la resistencia. Luego siguieron días y semanas de encarnizada batalla entre las casas y las ruinas de la enorme ciudad de 60 kilómetros de largo: El fuego de más de dos mil aviones y de 13,000 ametralladoras de los tres ejércitos contendientes barría toda el área de combate. Los refuerzos soviéticos cruzaban el Volga y parte de ellos se infiltraban a través del drenaje y operaban a retaguardia de las avanzadas alemanas.

Fue una lucha de características únicas. Los pilotos de los bombarderos alemanes en picada tuvieron que afinar la puntería, con guías de la ciudad en la mano, para atacar objetivos enemigos situados a unos cuantos metros de las fuerzas atacantes. Cada ventana era un centro de resistencia. Luces de bengala de diversos colores iluminaban siniestramente el cielo por la noche; eran señales convencionales con que las tropas de uno y otro bando se transmitían mensajes luminosos.

Los puentes de pontones que los soviéticos retenían a través del Volga eran destruidos o averiados durante el día, pero por la noche volvían a restaurarlos y pasaban refuerzos para los dos ejércitos rojos que lentamente, seguían siendo desalojados de sus madrigueras.

(El fuego fue tan devastador que todavía dos años después de silenciarse, el periodista norteamericano William L. White escribió que la ciudad había desaparecido: "Allí sólo quedan algunas paredes sin techo. Fábricas destrozadas con restos de maquinaria, retorcidos y herrumbrados").

A fines de octubre las nueve décimas partes de Stalingrado se hallaban dominadas o destruidas por el 6º ejército. Propiamente dicho había cesado la importancia estratégica de la ciudad, pues su industria bélica estaba fuera de combate, pero era una cuestión de prestigio acabar de dominar, ahí la situación. Nikita S. Kruschev, que se había distinguido aniquilando a grupos rusos anticomunistas y que se había ganado el calificativo de "carnicero de Ucrania", era el jefe político de la resistencia ante el 6º ejército alemán. A fines de octubre logró que Stalin le enviara seis divisiones de refresco. Por su parte, Alemania tenía inmovilizadas en la costa francesa 29 divisiones. Siete de ellas hubieran sido suficientes para decidir rápidamente la lucha en Stalingrado, pero el Almirante Canaris (jefe del servicio secreto alemán y traidor a Alemania) exageraba el peligro de una invasión, con objeto de que esas fuerzas continuaran inmóviles, pese a que la invasión aun tardaría cerca de dos años.

Y mientras Stalingrado era el escenario principal de la guerra, el 8 de noviembre Roosevelt y Churchill desembarcaron tropas en Noráfrica, con la secreta cooperación del Mariscal Petain. Esto abría un nuevo frente contra Italia y el sur de Francia. Hitler acudió de nuevo en auxilio de Mussolini, por el cual tenía no sólo afecto, sino admiración, y 13 divisiones de la reserva estratégica de Alemania —que podían haber decidido la lucha en Stalingrado— fueron enviadas a Túnez (África) para proteger a Italia, junto con 400 aviones retirados del frente ruso. Al parecer el Mando Alemán volvió a creer que afrontaba las últimas reservas bolcheviques y supuso —como un año antes lo hizo frente a Moscú— que el enemigo carecía de fuerzas organizadas para una contraofensiva de invierno.

En ese crítico momento el coronel general Von Paulus establecía su cuartel general en la Plaza Héroes de la Revolución, situada en el centro de la ciudad.



El 16 de noviembre el general Von Richthofen, jefe de la 4ª flota aérea, volvía a visitar el frente de Stalingrado y reportaba al Alto Mando que tres divisiones blindadas estaban a la defensiva, en vez de ser empeñadas en la batalla. Sugería el relevo de Von Paulus, "que lucha con desgano", según decía. Ya 15 días antes se había quejado de que sus bombardeos no eran suficientemente aprovechados por las tropas de Von Paulus debido "al cansancio del mando" y a "los formalismos burocráticos".

El 16 de noviembre, súbitamente, como es normal en esa región, empezó el invierno con vendavales y hielo en el Volga. Para entonces había sido ya reducida la dura resistencia bolchevique en las enormes fábricas de tanques y cañones "Octubre Rojo, "Barricadas" y "Stalin". La temperatura descendió a 20° bajo cero y el combate se hizo extremadamente penoso.



El 19 de noviembre, 64 días después de iniciada la batalla, una inesperada catástrofe surgió en las heladas riberas del Volga. Al noroeste de la ciudad, en el flanco izquierdo del 6º ejército, se hallaba el tercer ejército rumano, y los rusos descargaron allí por sorpresa un mazazo con 24 divisiones y brigadas. Algunos tanques penetraron a retaguardia, los rumanos perdieron la moral y abandonaron el frente sin poder ni siquiera comunicar a Von Paulus lo que estaba ocurriendo. En 4 días perdieron 74,000 hombres, 34,000 caballos y todo el armamento pesado de 5 divisiones. Y en el sur de la gran urbe los soviéticos aplicaron otro golpe gemelo sobre el 4º ejército rumano que cubría el flanco derecho del 6º ejército. Los dos sectores rumanos se desmoronaron rápidamente.

Dado que la resistencia de una cadena es igual a la resistencia del más débil de sus eslabones, los bolcheviques golpearon en los dos puntos de menor dureza. 

Tanto la aviación alemana como el 3er. ejército rumano habían reportado amenazadoras concentraciones rusas frente al Volga, pero el Alto Mando no les prestó mucha atención porque se hallaba vivamente impresionado ante las tremendas bajas soviéticas y no creía factible que lanzaran una ofensiva. Hitler había dicho que los rusos se hallaban al final de sus fuerzas y el general Zeitzler, jefe del Estado Mayor General, había reiterado a mediados de noviembre que "los rusos ya no cuentan con reservas dignas de ese nombre" y que no podrían lanzar ninguna ofensiva de importancia. Los informes secretos de que disponía eran absolutamente falsos. 

Fue la Luftwaffe la primera en advertir las perforaciones del frente. El coronel Hans Ulrich Rudel lo refiere con las siguientes palabras: "Estamos volando casi a ras del suelo cuando de pronto descubrimos... Pero no... No puede ser... Que Dios nos ampare... ¿Rusos?... ¡No!... A mitad del camino de nuestro punto de acción nos encontramos con masas turbulentas humanas, todos vestidos de uniforme color kaki, pero no son rusos... son rumanos. .. ¡Nuestros aliados!... Podemos distinguir cómo varios tiran hasta sus armas de mano para poder correr más rápido... Es una escena dantesca. Sospechamos el advenimiento de una catástrofe, de una hecatombe. Seguimos volando a lo largo de las columnas fugitivas hasta llegar, a las posiciones de artillería de nuestros aliados. Las piezas de campaña han sido abandonadas sin ser destruidas previamente. Todo está sembrado de munición.

Un poco más allá nos encontramos con las primeras unidades de los rojos ya en posiciones rumanas abandonadas. Inmediatamente los atacamos con bombas y con los cañones de a bordo, pero ¿para qué? Ya nadie les ofrece resistencia en tierra... Una ira incontenible nos invade y volvemos a temer lo más horrible, lo jamás esperado... ¿Cómo podremos salvar esta situación, cómo hacer para detener la marcha de esta catástrofe que se cierne sobre nuestras tropas?

Con una amargura jamás experimentada lanzo mis bombas y rastreo con mis ametralladoras las hordas asiáticas que se lanzan sobre nuestro ejército. Como un mar de color amarillo sucio avanzan las masas bolcheviques, incontenibles, sin límites... Ya no me queda ni una sola bala, ni siquiera para poder defenderme contra posibles cazas... Nuestros ataques son bajo estas circunstancias como una gota de agua sobre una plancha caliente, pero no quiero pensar en eso ahora"
(Piloto de Stukas.—Por el Cor. Hans Ulrich Rudel)



Al ser arrollados al primer impacto los dos ejércitos rumanos que cubrían los flancos del 6° ejército alemán, una tromba de 71 Divisiones y brigadas blindadas soviéticas se precipitó hacia la retaguardia alemana, en tres días de avance capturó Kalatsch y el 6° ejército quedo cerrado en una bolsa que equivalía a un cuadrilátero de 90 kilómetros por lado.

De hora en hora fluían más reservas rusas y pronto hubo ocho ejércitos soviéticos íntegros alrededor del 6º ejército alemán, o sean los siguientes; el 62 por el oriente, sobre el río Volga; el 66 y el 24 por el norte; el 65 y el 21 por el poniente, el 57 y el 64 por el sur, y el 5 por el sudoeste. Entretanto en el interior de ese círculo el 6º ejército seguía batiéndose contra grupos de los ejércitos 62 y 16 que se aferraban a la parte oriental de la ciudad o que sostenían cabezas de puente sobre el Volga. Días antes tenía la victoria al alcance de la mano, pero su situación había cambiado y ahora sería prensado por los cuatro puntos cardinales. Lo que la víspera era pacífica retaguardia que lo unía con el resto del frente y con la lejana Patria (a dos mil kilómetros de distancia), se convirtió en otra línea de combate.



Para entonces los efectivos del recién copado 6º ejército ascendían a 235,00 soldados alemanes, descontadas ya las bajas sufridas en 64 días de combates por la posesión de Stalingrado.



En esas condiciones, Hitler pensó inicialmente en un repliegue rompiendo el cerco mediante un ataque concentrado y repentino. El mariscal Rommel dice en sus "Memorias" que cuando la orden en ese sentido iba a ser enviada, intervino Goering (segundo de Hitler y mariscal del aire), con las siguientes palabras: "¡Pero, mi Führer, no nos mostremos débiles! Abasteceremos a Stalingrado desde el aire". Y Hitler, a quien le repugnaba autorizar repliegues, cambió de parecer y ordenó a Von Paulus que organizara sus tropas en forma de "erizo" y que se sostuviera mientras se preparaban tropas que fueran a reforzarlo. Entretanto, se le abastecería por aire de víveres, combustible y municiones.

Para esto se necesitaría abrirse paso a través de la aviación soviética y hacer llegar diariamente a Stalingrado un mínimo de 300 transportes "Junker 52" y "Heinkel 111", con 500 toneladas de abastecimientos.

El jefe del Estado Mayor General, Kurt Zeitzler, insistía casi diariamente ante Hitler para que ordenara la retirada del 6º ejército. Como afirmaba que el abastecimiento por aire no era posible, Hitler llamó a Goering y éste reiteró que sí, a lo cual Zeitzler gritó: "¡Mi Führer! Eso es mentira". Göering palideció y repuso que él sabía más de aviación que Zeitzler. No se llegó a ninguna conclusión. Poco después Zeitzler volvió a insistir en la retirada, Hitler llamó al mariscal Keitel y al general Jodl, quienes opinaron que era mejor seguir resistiendo en Stalingrado. "Observe usted, general—dijo Hitler a Zeitzler— que mi opinión es compartida por esos dos jefes, ambos más antiguos que usted".

Göering ya no era el mismo de antes de la guerra, se inclinaba a la vida fácil y descuidaba su trabajo. La audaz promesa que había hecho no pudo cumplirla. En vez de las 500 toneladas diarias de abastecimientos ofrecidas sólo envió 100, y esto únicamente los primeros días.

La misión de organizar el rompimiento del cerco soviético de Stalingrado le fue encomendada al mariscal Erich Von Manstein, el vencedor de Crimea, quien asumió la jefatura del Grupo de Ejércitos del Sur. Inmediatamente trazó un plan para atacar el cerco ruso desde dos direcciones, o sea por el oeste y por el suroeste. Desde esta última dirección se lanzó el 4º ejército blindado, al mando del experimentado general Hoth.

En marchas forzadas las tropas de Hoth ganaron terreno a través de las estepas nevadas e hicieron retroceder a 5 divisiones soviéticas, pero luego chocaron con el 51º ejército ruso enviado de refuerzo. Sin embargo, el avance continuó todavía varios días y la distancia iba acortándose. A 300, a 200, a 100 kilómetros de Stalingrado... Las fuerzas alemanas de rescate se aproximaban jadeantes al cerrojo de la gigantesca trampa... Se les pide un esfuerzo supremo: ¡el 6º ejército debe ser salvado!...

Mientras, los copados han tenido que reducir su ración alimenticia a 200 gramos de pan, un plato de caldo y 20 gramos de carne de caballo. Más tarde es frecuente ver soldados royendo huesos de caballo. Después de noventa días de combate este ayuno es desastroso y hay hombres que pierden hasta 20 kilos de peso. Cada soldado recibe una dotación diaria de 30 cartuchos para utilizarlos sólo en desesperados casos de defensa personal. La capacidad de fuego va mermándose a cada momento que pasa. Después que se cerró el cerco las condiciones higiénicas han empeorado y los casos de disentería aumentan. El servicio médico resulta insuficiente en la emergencia y las bajas crecen desalentadoramente. No siempre las avanzadas pueden relevarse en un plazo razonable y de nuevo hay numerosos casos de congelación; las extremidades se hielan hasta quebrarse como si fueran de cristal. La única esperanza son las fuerzas de Hoth que arremeten por fuera del cerco.

El 19 de diciembre, casi un mes después de consumado el sitio, el 4o. ejército de Hoth llega a 48 kilómetros de Stalingrado. Desde allí es ya visible el resplandor de la batalla que sigue sosteniendo el 6º ejército, encerrado entre las ruinas de la presa que trataba de ganar.

El general Hoth lleva una larga impedimenta con 3,000 toneladas de víveres, gasolina y municiones para entregarlas a los copados en cuanto se logre hacer contacto con ellos. Por momentos parece que el milagro se va a realizar.

En estas horas decisivas las tropas del general Hollidt se disponían a lanzar otro ataque para perforar el cerco soviético en sus líneas occidentales, pero en el flanco norte de Hollidt varias divisiones italianas huyen ante el rumor de un ataque ruso. Esto abre otro boquete en el frente y Hollidt tiene que ceder tropas para cubrirlo, lo cual imposibilita su ataque hacia Stalingrado. El 4º ejército de Hoth también tiene que deshacerse de la 6ª división blindada para cubrir el sector de los italianos.

¡Con cuánta razón Stalin había dicho que ni los italianos ni los rumanos contaban para él como enemigos! Hopkins le preguntó en una ocasión si no habían aparecido tropas italianas en el frente y Stalin contestó riendo: "El ejército soviético no cuenta con otras divisiones que las alemanas”.

Frustrado así el ataque de Hollidt, sólo queda a Von Manstein el mermado 4º ejército de Hoth para tratar de romper la trampa. Al 4º ejército se le enfrentaban primero cinco divisiones soviéticas, pero luego fueron reforzadas por el 51º ejército y poco después por el 2º de la guardia. Los tanquistas y la artillería antitanque alemanes no se daban punto de reposo tratando de abrirse paso para auxiliar a sus camaradas copados. "Era abrumador ver aquellas manos fraternas hacia nosotros tendidas".

En opinión de Von Manstein hubo algunos momentos en que el 6º ejército pudo haber salido de la trampa si hubiera empujado resueltamente. El 18 de diciembre Von Manstein pidió a Hitler autorización para que se realizara esa maniobra, pero Hitler puso por condición que el 6º conservara a la vez sus posiciones en Stalingrado y que sólo rompiera el sitio para recibir abastecimientos. Sin embargo, lo que decidió que el 6º no intentara la ruptura —dice Von Manstein—fue su propio comandante, Von Paulus, y su jefe de Estado Mayor, general Arthur Schmidt. Ambos creyeron al principio que tenían más probabilidades de sobrevivir manteniéndose inmóviles en Stalingrado que intentando romper el sitio.

Asumiendo toda la responsabilidad de su acción, el 19 de diciembre Von Manstein le ordenó a Von Paulus que se desprendiera de Stalingrado y atacara en dirección del 4º ejército de Hoth, para romper el cerco, pero Von Paulus juzgó irrealizable esa maniobra y se negó a ejecutarla alegando que carecía de combustible. Von Manstein comenta: "Tantas probabilidades como brindase de salvación una salida, tantas llevaba de acabar en desastre. Pero Von Paulus se hallaba ante la viva imagen de la catástrofe... ¿íbamos a esperar, después de todo esto, que el Mando de los cercados fuese a salir airoso, de una operación sobremanera ardua en sí misma, cuando el comandante en jefe y el jefe de Estado Mayor de las fuerzas que habrían de llevarla a cabo empezaban por estimarla descabellada?
(Victorias frustradas.—Mariscal Erich von Manstein)

Por otra parte, los pilotos de caza hacen vuelos continuos tratando de apoyar el avance hacia Stalingrado, en tanto que otras escuadrillas intentan abastecer al 6º ejército entre las ruinas de la ciudad. El mal tiempo impide incluso arrojar víveres con paracaídas. El fracaso del abastecimiento por aire es completo, contra lo que Göering había hecho creer a Hitler. Las medicinas también escasean y dieciocho mil heridos esperan turno para ser curados. Los médicos apenas duermen minutos.



Las tropas de Hoth hacen supremos esfuerzos y algunas avanzadas llegan a 30 kilómetros de la urbe sitiada. Son horas de gran expectación y los soviéticos lanzan tenaces contraataques para no soltar su presa. El diezmado 4º ejército queda inmóvil dando golpes en el mismo sitio y recibiendo los del enemigo, cada momento más poderosos. Ya no avanza ni un metro más. Por su parte, los que están dentro de la trampa sitiados por 8 ejércitos soviéticos, apenas pueden sostener sus posiciones. Von Paulus le reporta a Von Manstein qué carece de combustible para que sus cien tanques supervivientes puedan intentar el rompimiento desde dentro.

El rescate se frustra definitivamente el 25 de diciembre. Ese día el 4º ejército alemán se bate en retirada acosado por los ejércitos soviéticos 51 y 2 de la guardia. La última esperanza se disipa para el 6º ejército a medida que el estruendo de la artillería va haciéndose cada día más lejano, hacia el oeste, como síntoma ominoso de que las tropas de auxilio son alejadas del cerrojo de la trampa. Desde ese momento el 6º ejército sabe que está irremisiblemente perdido. Los 8 ejércitos rojos van estrechando el sitio.

Al consumarse el cerco soviético el 19 de noviembre, un peligro todavía peor comenzó a perfilarse en todo el sur del frente alemán en Rusia. Embistiendo con 143 divisiones y brigadas, los rojos habían hecho desaparecer de la escena a dos ejércitos rumanos y a uno italiano. Esto dejó abiertos enormes huecos en el frente e hizo posible el sitio de Stalingrado, pero además quedaban las puertas francas para que los soviéticos avanzaran sobre Rostov y coparon a tres ejércitos alemanes, o sean el 4º que trataba de auxiliar al 6º, el 1º blindado y el 17º de infantería que operaban en el Cáucaso (Ordzonilcide). Es decir, peligraba cerca de un millón de hombres, incluyendo servicios de intendencia, de maestranza y de aeropuertos.



Eso hubiera sido un desastre triple al de Stalingrado. Como de las 143 grandes unidades utilizadas por los bolcheviques en su gran, ofensiva, 60 divisiones mantenían el cerco del 6º ejército, Hitler ordenó a éste que siguiera resistiendo. Era urgentísimo ganar tiempo para formar nuevas reservas que acudieran a apuntalar todo el sector sur del frente y también para que los dos ejércitos del Cáucaso lograran replegarse y evitar su copamiento.

El mariscal Von Manstein dice que no había otra .alternativa. Se necesitaba el sacrificio del 6º ejército para salvar a los demás del ala sur y para evitar que se desplomara todo el frente, que medía 2,900 kilómetros de largo y que se hallaba a más de dos mil kilómetros de sus bases en Alemania. Por eso comenta que "el tributo del 6º ejército fue el mayor que a ningún soldado habíasele pedido: seguir luchando por sus camaradas hasta el último cartucho, cuando ya sabía que para él no había salvación".

A fines de diciembre Hitler reiteró a Von Paulus la orden de "¡Resistir!" Von Paulus transmite la orden a sus comandantes de división; los comandantes de división la transmiten a sus comandantes de regimiento y ellos a cada compañía, a cada puesto de mando, a cada soldado. Después de cuatro meses de penosa batalla, y ya sin esperanzas de salvación, el espíritu de combate y de sacrificio no se ha extinguido. Bajo la abrumadora prueba, la voluntad y la disciplina forjan el milagro...

Él 26 de diciembre Von Paulus comunica a Von Manstein: "El pan se terminará mañana; la manteca esta noche y algunas corporaciones no tendrán cena desde mañana"...
Así transcurren 51 días desde que se inició el envolvimiento y 115 desde que se inició la lucha en la ciudad. Es el 8 de enero y el 6º ejército sigue en su puesto. De 235,000 hombres que lo integraban en el momento de ser sitiado, han caído aproximadamente la mitad. Algunas de sus 21 divisiones se han sacrificado casi íntegramente; las 3 motorizadas y las 2 blindadas carecen ya de combustible. La temperatura es de 28 grados centígrados bajó cero y los soldados son espectros que han consumido casi toda la grasa de su cuerpo; algunos se parapetan entre caballos recién muertos, en busca de algo de calor.

Ese día 8 de enero (1943) el general Rokossowski suspende el fuego y arroja volantes a los copados explicándoles, que ya nada podrá salvarlos y les pide su rendición. En un golpe psicológico les ofrece abrigo, atención médica y comida. ¡Todo un paraíso, en medio de aquella desolación!... Poco después unos parlamentarios rusos aparecen en el frente con banderas blancas. La consigna es recibirlos a tiros, y a tiros son rechazados. La lucha se reanuda en todo el frente.

Los restos del 6º ejército son comprimidos cada vez en un área menor. Una cuña bolchevique se clava profundamente en el centro y quedan separadas las fuerzas alemanas del norte y del sur de la ciudad. Cada penetración abre un nuevo sector de combate. Los pocos tanques que aún pueden maniobrar son requeridos de diversos puntos a la vez. Los cañones antiaéreos ya no se preocupan del espacio; ahora escatiman las pocas granadas que les quedan para proteger a la infantería en los puntos más expuesto.

Los comandantes de regimientos, reducidos a batallones o compañías, y los comandantes de compañías reducidas a pelotones, comunican de hora en hora su comprometida situación. La respuesta sigue siendo la misma: "¡Resistir!"... Y todos resisten un día y otro día, y una semana y otra semana, ya sin esperanzas de salvación.

El general Zeitzler dice que los cercados sabían que las condiciones en que vivían "podían únicamente ser más horribles si la muerte no llegaba. Muchas unidades de artillería inutilizaban sus cañones tras disparar sus últimas granadas. Los conductores incendiaban sus vehículos al agotarse la gasolina".

Era aquello el estertor de un gran ejército, veterano de la batalla de Flandes, del envolvimiento de Kiev y de la batalla de Karkov. Nadie lo hubiera imaginado cuatro meses antes. Cerca de 200,000 hombres habían caído muertos, heridos o enfermos. Nunca un ejército copado había resistido algo semejante y sufrido tal cantidad de bajas y de privaciones. Aunque más numerosos, los ejércitos bolcheviques copados en Minsk, en Smolensk, en Kiev, en Vyazma y en Bryansk, se habían desplomado en menor tiempo y con menor desgaste. Por primera vez un ejército alemán estaba agonizando.

En los tres años de guerra era común y corriente que ejércitos polacos, franceses, belgas, yugoslavos, griegos, ingleses y soviéticos fueran copados y destruidos, pero por primera vez un ejército alemán corría esa misma suerte. Esto dio al suceso una extraordinaria resonancia mundial.

Y mientras el drama de Stalingrado tocaba a su fin, 13 divisiones alemanas de primera línea (195,000 hombres), que podían haber evitado ese desastre, combatían al otro lado del Mediterráneo, en Ñoráfrica, para apuntalar el frente italiano contra las fuerzas de Roosevelt y de Churchill

El 12 de enero se calculaba que él 6º ejército no podría resistir más de dos o cuatro días. En el sector norte diez divisiones rusas embestían sobre la 3ª división de infantería y la 29 motorizada alemanas, que se aferraron obstinadamente al terreno y destruyeron cien tanques soviéticos; De momento, el peligro se conjuraba allí. En el sector sur, la 297 división de infantería afrontó un diluvio artillero, destruyó 40 tanques y consiguió restablecer sus maltrechas líneas. Al nordeste, la 16 división blindada alemana estaba a punto de la postración.

El 13 de enero el capitán Behr, del Estado Mayor, voló al cuartel general de Von Manstein para poner en sus manos el diario de guerra del 6º ejército. Era aquella la entrega de las memorias de un coloso moribundo.

El día 14 muchas avanzadas comienzan a replegarse hacia las ruinas del centro de la ciudad y se observan brotes de postración psicológica, pues algunos soldados ya no auxilian a sus compañeros heridos. Es como si la desgracia, que abruma a todos, los volviera insensibles. Cerca de ochenta mil habían caído muertos o gravemente heridos. No había ningún soldado que no hubiera perdido a varios o a todos sus compañeros de grupo.

El 16 de enero la Luftwaffe pierde el último aeródromo que le quedaba en Stalingrado. Hitler se indigna ante el fracaso de Göering y ordena al mariscal Milch que intente hacer algo por los copados. Milch recupera un aeródromo y comprueba que Göering no había desplegado todos los recursos que tenía a su alcance. El número de vuelos podía duplicarse. Bajo el apremio de Milch la Luftwaffe hace un último y tardío esfuerzo que en total habrá de costarle 488 aviones y mil tripulantes. A ese alto costo logra llevar algún auxilio a los sitiados y evacuar a treinta mil heridos.

El 19 de enero hay 259 grandes unidades soviéticas en todo el frente sur de Rusia, de las cuales 90 se hallan manteniendo el cerco de Stalingrado. Si el 6º ejército se desplomara, estas 90 divisiones se lanzarían como un huracán sobre toda el ala sur alemana y ocurriría una catástrofe sin precedente. La noche de ese día desfallece la moral en algunas unidades alemanas y Von Paulus se lo comunica a Hitler, quien le responde: "No cabe pensar en la capitulación. El ejército cumple su misión histórica al resistir para hacer posible la creación de un nuevo frente al norte de Rostov y facilitar al mismo tiempo el repliegue del grupo de ejércitos del Cáucaso". Estos ejércitos podrían auxiliar al 6º, pero llegarían hasta mediados de febrero.

El 20 de enero el comandante Thiel, de la 9ª escuadrilla aérea de combate, se queja con Von Paulus de que no descargan rápidamente los abastecimientos y Von Paulus, nervioso, le grita: "¡Está usted hablando con hombres muertos. Nos encontramos aquí por orden del Führer. La Luftwaffe nos ha dejado en la estacada!..." El 22 de enero, perdido de nuevo su último aeródromo, Von Paulus pide autorización a Hitler para negociar la rendición. Hitler le niega el permiso alegando que nada se ganaría porque los soviéticos no tienen conmiseración con los prisioneros. (En el sector italiano habían capturado recientemente a 80,000 soldados y los despojaron de sus abrigos, de sus víveres y a muchos hasta de sus botas y los hicieron marchar por la nieve varios días. Sólo quedaron diez mil supervivientes).

El día 24 los comunistas insistieron ante Von Paulus en que se rindiera, éste consultó por radio con el Alto Mando y Hitler le contestó negativamente y envió un mensaje a las tropas diciéndoles que luchaban no sólo por Alemania, sino por "todo el mundo occidental".

Y así llega el 31 de enero. 71 días desde que se consumó el sitio soviético y 138 desde que se inició la lucha en Stalingrado. Como un estímulo Von Paulus fue ascendido a mariscal, con el ominoso antecedente de que en la historia del Ejército Alemán ningún mariscal había sido hecho prisionero. Pero precisamente ese día juzgó que nada podía exigirles ya a sus tropas. Oficiales que no podían resistir más la tensión —dice el general Zeitzler— permanecían de pie en la línea de fuego, disparando contra el enemigo hasta caer "acribillados por las balas, poniendo así fin a la agonía. Agrega que "cuando se recuerdan las condiciones físicas, psicológicas y climatológicas en que lucharon, no existen palabras para describir el amor al deber que ellos mostraron".

El primero de febrero Von Paulus capituló; en la madrugada del día 2 cesó el fuego en el norte de Stalingrado, y al medio día en el sur. La transmisión radial fue cerrada con las palabras "¡Viva Alemania!" Los restos del 6º ejército dejaron de existir como fuerza de combate y 90,000 supervivientes, casi en los huesos y en harapos, salieron de sus escondrijos para iniciar la marcha mortal hacia el cautiverio, en donde la mayoría de ellos iba a perecer... En sus lejanas tierras, en Alemania, a dos mil kilómetros de distancia, las banderas ondeaban a media asta y durante una semana las campanas de los templos doblaban a muerto... ¡Eran las exequias por el 6º ejército que había caído luchando contra el bolchevismo! La capitulación de Von Paulus y de sus generales, después del ejemplo que sus tropas habían escrito con su sangre, enfureció a Hitler. "¡Deberían haberse atrincherado y suicidado" gritó.
(El Diario Militar de Hitler.—Fragmentos)

"No sé qué pensar de un soldado que titubea y es hecho prisionero. Puedo entenderlo sólo en el caso del general francés Henri Honoré Giraud. Von Paulus permitió que 50,000 de sus hombres murieran defendiendo a Stalingrado hasta el final. ¿Cómo pudo entregarse a los rusos? Me asombré la primera vez que me preguntó qué debía hacer. ¿Cómo podía preguntar? .¡Qué fácil fue para Udet! ¡La pistola! Esa es la cosa más fácil de hacer. En esta guerra nadie más será ascendido a Mariscal de Campo... y lamento haberlo hecho con Von Paulus. Quería cumplirle su último deseo...

Von Paulus y Von Zeydlitz (otro de los que capitularon), se prestaron para formar una especie de gobierno pelele alemán al servicio de Stalin.
Von Paulus no solamente estaba faltando a su juramento como soldado, sino también a la lealtad que merecían los millares de soldados que perecieron bajo sus órdenes. No se puede pedir a los hombres que luchen hasta la muerte por una causa y luego capitular y colocarse en el bando opuesto.



(Durante su época de mayores triunfos el 6to ejército estuvo bajo las órdenes del mariscal Reichenau. El último año de su existencia lo comandó Von Paulus, quien murió 14 años después, en la Alemania cautiva, bajo vigilancia soviética. Pocos ex compañeros suyos que lograron verlo dijeron que mostraba síntomas de perturbación mental o de hallarse drogado.)
(Grupos aislados trataron de escapar del cerco de Stalingrado, pero murieron en el camino o fueron capturados. Sólo se supo de uno que logró atravesar las líneas soviéticas, el suboficial Niewig, pero 24 horas después lo alcanzó una granada en un hospital y pereció. Durante toda la batalla de Stalingrado los bolcheviques hicieron 107,800 prisioneros, que utilizaron en trabajos forzados. Diez años después sólo sobrevivían seis mil).